Estaba sentada
al borde de la cama intentando no pensar mientras me calzaba las
deportivas. Muchas veces, entre lo que intentamos y lo que logramos
hay una distancia que va más allá de este universo.
Han pasado dos
noches y un día desde el reencuentro con mi niño soldado.
Los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones se agolpan en
una sopa de letras imposible de descifrar. Sé que no debo sentir,
pero ¿quién es capaz de dominar sus sentimientos? Ha sido algo que
nunca se me ha dado muy bien. Lo único que puedo hacer es
comportarme y caminar dentro de la senda de las normas establecidas.
Esto sí que ya lo tengo dominado... o casi.
Cuando nos
despedimos, hace dos noches y un día, tuve la sensación de que no
era la única que sentía como le amputaban un miembro, pero esto no
me da derecho a poner patas arriba la vida de mi niño soldado.
El reencuentro ha sido tan hermoso, tan fluido y lleno de complicidad
que no voy a estropearlo. No señor. No voy a hacerlo.
Ignoro a donde
vamos. Lo único que sé de esta cita (¿por qué lo llamo cita si
quedamos en que me iba a comportar?) es que me viene a buscar en
coche y debo calzar deportivas. Estoy ansiosa, seguro que es por la
sorpresa del destino sin que tenga nada que ver el deseo de olerle,
sentirle cerca, besarle, abrazarle...
Me pongo de
pie y me miro al espejo. Ya estoy lista. Peinada, vestida, calzada y
con los sentimientos encerrados en una caja que alguien tiró al
fondo del mar. No se puede estar más lista.
Espero en la
calle su llegada y le veo venir puntual. Me sonríe y para, esperando
a
que me suba y tenga el cinturón colocado. Le digo hola, le miro a
los ojos y quedo paralizada porque no sé si darle un beso en la
mejilla o en los labios.
Me pregunto quien putas
habrá encontrado la cajita en el fondo del mar. No tiene gracia que
la haya abierto. Ninguna gracia.
Dos noches y un día
para encontrarme como al principio... muerta de amor.
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