Mi niño soldado tenía
los ojos marrones.
Eran unos ojos llenos de vida y
dulzura pero él sentía que no eran suyos.
Mi niño soldado cedía
su asiento en el autobús a quien lo necesitara. Así se lo habían
enseñado y así debía ser. Creía en Dios, en el cielo y en la
bondad de las personas.
Mi niño soldado quería
ser el más bueno de los niños soldado. Jugaba a ser astronauta para
pisar la luna y tenerla entera para él. Jugaba a indios y vaqueros
soñando con ser el héroe de la película del sábado por la tarde. Jugaba a la guerra y en su
campo de batalla nunca había bajas. Nunca.
Mi niño soldado cantaba
porque era feliz y era feliz porque cantaba. No soportaba las
injusticias y muchas veces sus ojos marrones se habían llenado de
impotencia e indignación.
Y lloraba. Mi niño soldado
reía cuando había que reír y lloraba cuando había que llorar. Los
soldados también sienten y eso le hacía más soldado.
Mi niño soldado sabía
que el universo no funcionaría sin él y por eso se consideraba
importante. Era parte de la maquinaria de la vida y su bandera de la
verdad le hacía invencible.
Mi niño soldado podía
leer la parte oculta de las palabras de los mayores. Eso le convertía
en General. Era un don que no tenían otros niños soldado y que les
hacía vulnerables.
Mi niño soldado crecía
y con él el número de lloros e impotencias. Empezó a cuestionarse
la autoridad y el buen hacer de aquellos que debían enseñarle a
caminar en la senda correcta. Y entonces, mi niño soldado, se
hizo autodidacta.
Por estas y otras cosas, mi
niño soldado consideraba que no era como los demás y que sus
ojos no tendrían que ser marrones, tan corrientes. Por algo dicen
que los ojos son el espejo del alma y su alma sería muchas cosas,
pero para nada era vulgar.
Mi niño soldado decidió
que tendría los ojos verdes. Como una letanía repetía todos los
días la misma oración: Quiero tener los ojos verdes, quiero tener
los ojos verdes...
Cuando conocí a mi niño
soldado era como una flecha que volaba libre buscando clavarse en
el corazón de su amada. Su voz de hombre y su cuerpo de hombre nada
tenían que ver con su mirada, dulce y entregada. Todo era auténtico
en sus palabras y en su amor. Sus besos dulces y abrazos eternos se
parecían al amanecer y cuando cantaba a tu oído el tiempo se paraba
y los sufrimientos desaparecían.
Cuando conocí a mi niño
soldado ya tenía su boina verde.
Tan verde como sus ojos verdes.
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