La historia sigue viva.

Esta es la historia de una mujer en el final de los cuarenta que vuelve a encontrar el amor cuando lo había desterrado para siempre.

No es un amor otoñal como cabía esperar y haría de ésta una historia previsible. Es al amor adolescente que entra en la vida sin llamar.

Lleno de pasión y confianza ciega. Cargado de complicidad y suspiros lanzados al aire.

Lo que iba a ser el Blog más corto de la historia va camino de convertirse en el Blog más largo de la historia.

Esta historia es real y lo sé porque es mi historia.

sábado, 2 de febrero de 2013

Mi niño soldado.





Mi niño soldado tenía los ojos marrones.
Eran unos ojos llenos de vida y dulzura pero él sentía que no eran suyos.

Mi niño soldado cedía su asiento en el autobús a quien lo necesitara. Así se lo habían enseñado y así debía ser. Creía en Dios, en el cielo y en la bondad de las personas.

Mi niño soldado quería ser el más bueno de los niños soldado. Jugaba a ser astronauta para pisar la luna y tenerla entera para él. Jugaba a indios y vaqueros soñando con ser el héroe de la película del sábado por la tarde. Jugaba a la guerra y en su campo de batalla nunca había bajas. Nunca.

Mi niño soldado cantaba porque era feliz y era feliz porque cantaba. No soportaba las injusticias y muchas veces sus ojos marrones se habían llenado de impotencia e indignación.
Y lloraba. Mi niño soldado reía cuando había que reír y lloraba cuando había que llorar. Los soldados también sienten y eso le hacía más soldado.

Mi niño soldado sabía que el universo no funcionaría sin él y por eso se consideraba importante. Era parte de la maquinaria de la vida y su bandera de la verdad le hacía invencible.

Mi niño soldado podía leer la parte oculta de las palabras de los mayores. Eso le convertía en General. Era un don que no tenían otros niños soldado y que les hacía vulnerables.

Mi niño soldado crecía y con él el número de lloros e impotencias. Empezó a cuestionarse la autoridad y el buen hacer de aquellos que debían enseñarle a caminar en la senda correcta. Y entonces, mi niño soldado, se hizo autodidacta.

Por estas y otras cosas, mi niño soldado consideraba que no era como los demás y que sus ojos no tendrían que ser marrones, tan corrientes. Por algo dicen que los ojos son el espejo del alma y su alma sería muchas cosas, pero para nada era vulgar.

Mi niño soldado decidió que tendría los ojos verdes. Como una letanía repetía todos los días la misma oración: Quiero tener los ojos verdes, quiero tener los ojos verdes...

Cuando conocí a mi niño soldado era como una flecha que volaba libre buscando clavarse en el corazón de su amada. Su voz de hombre y su cuerpo de hombre nada tenían que ver con su mirada, dulce y entregada. Todo era auténtico en sus palabras y en su amor. Sus besos dulces y abrazos eternos se parecían al amanecer y cuando cantaba a tu oído el tiempo se paraba y los sufrimientos desaparecían.

Cuando conocí a mi niño soldado ya tenía su boina verde.
Tan verde como sus ojos verdes.


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