Le besó. Ella
le besó y no se puede creer su atrevimiento y el riesgo que corre de
no volver a verle nunca más. Era la segunda vez en su vida que hacía
algo así, besar en un impulso incontrolable. La primera vez había
sido con él hace más de treinta años. Desconoce que demonios
sucede entre ellos que cuando están juntos nada más importa, ni
siquiera quedar en evidencia y mostrarle su debilidad.
Le besó. Él
correspondió sin despegarse, sin querer alejarse. Con toda seguridad
su cabeza está llena de preguntas sin respuestas pero no lo
demostró. Sus labios tocaban los de ella, suavemente, sin presionar,
como si no terminara de creer lo que está pasando. Piensa que donde
hubo fuego quedan rescoldos y que sólo era cuestión de tiempo que
algo así sucediese.
Le besó. Para
sorpresa de ella, cuando quiere alejarse es él quien retoma la
iniciativa y la besadora pasa a ser besada. Un minuto antes estaba
dispuesta a desaparecer de su vida tras el beso, asumiendo que era el
precio que debía pagar por vivir unos segundos de gloria. Ahora él
une sus labios a los de ella, sin prisa, complaciéndose con el
momento.
Le besó. Él
estuvo toda la mañana a su lado sin acercarse, sin permitir el más
mínimo roce entre ellos. Hablan y sus miradas están cargadas,
henchidas de amor prohibido sin resolver y abrazos que nunca se
darán. Ella toma conciencia de la distancia impuesta por él y asume
su buen juicio compartiendo la responsabilidad de alejarse, aunque la
tristeza que siente empieza a ser una carga muy pesada y difícil de
manejar.
Se besaron con
ganas acumuladas, con la dulzura y entrega de antaño, como dos
adolescentes, como si nunca antes se hubieran besado y cuando ella se
aleja corriendo para no llorar, él se queda pensando si lo sucedido
es cierto y cuanto dolor provocará.
Se besaron con
besos nuevos con sabor a viejos como los que se daban cuando él era
un niño soldado con boina verde tan verde como sus ojos verdes
y ella la niña que le esperaba impaciente a la salida del cuartel.
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